Hay un par de preguntas que hace tiempo nos venimos haciendo muchos ¿Cómo
puede ser que haya argentinos que sigan apoyando a un gobierno cruel,
deshumanizante, ignorante y corrupto, aun cuando ese mismo gobierno los perjudica
abiertamente y a los gritos? ¿Cómo caímos tan bajo como sociedad para apoyar
a esto?
La respuesta fácil sería decir “ignorancia”.
La tentadora, decir “odio”. La cómoda, decir “fanatismo”. Pero
ninguna de esas respuestas me termina de explicar.
Entonces caigo en la reflexión de que no estamos
ante un fenómeno ideológico. Estamos ante un fenómeno emocional.
Muchísima gente no votó un proyecto, no eligió un rumbo, eligió romper algo.
Años de frustraciones y promesas incumplidas generaron
una enojo profundo.
Milei no ganó por sus ideas, que son viejas, fracasadas
y dogmáticas. Ganó porque supo canalizar la rabia. En ese
contexto, la crueldad se confundió con coraje. La violencia verbal, con
sinceridad. El ajuste salvaje, con orden. Decir sin filtro pasó a
ser “decir la verdad”. Lastimar pasó a ser “poner límites”. Quitar
derechos pasó a ser “sacar privilegios”.
No es una falla intelectual, es una desorientación
ética.
Cuando lo colectivo decepciona, el mensaje implícito
es brutal pero seductor: si te va mal, es culpa tuya. Ya no hay que pensar en
el otro, ni cargar con la injusticia estructural. Cada uno pelea solo. Aunque
pierda.
A eso se le suma otra capa igual de potente: el antiperonismo como identidad, el gorilismo. Para una parte de la sociedad, odiar al peronismo se volvió más importante que vivir mejor. Aunque el ajuste los golpee, aunque pierdan derechos, aunque su vida empeore, sostienen el apoyo porque “al menos no gobiernan los otros”. No es algo racional.
Milei no construye futuro, fabrica enemigos, ofrece
venganza simbólica. Y eso, en una sociedad cansada, funciona.
Quizás el error nuestro sea creer que a estas
personas se las puede “convencer” con argumentos. Nadie cambia de
idea cuando lo corrigen desde arriba. Las personas cambian cuando algo interno
se quiebra y encuentran un lugar humano donde caer.
Por eso no sirve gritar “yo tenía razón”.
Sirve preguntar ¿en qué te mejoró la vida todo esto? Sirve escuchar, sirve
nombrar las consecuencias concretas, sin soberbia.
Este modelo no va a caer por discursos, va a caer
por sus políticas de ajuste y de odio.
Y cuando eso ocurra, porque va a ocurrir, el
desafío no será la revancha, sino algo mucho más difícil y más noble, la
reconstrucción.
Reconstruir confianza. Reconstruir
comunidad. Reconstruir la idea de que la política no es un arma para
lastimarnos, sino una herramienta para vivir mejor.
El 2026 no será mejor por arte de magia. Será
mejor si nos unimos, si empezamos a
organizarnos con sentido, con humildad y con coraje colectivo. Nada
grande en la historia argentina se logró desde el sálvese quien pueda. Todo
lo que valió la pena nació del nosotros.
No busquemos iluminar al otro con una linterna en la cara, busquemos encender una fogata.
No es que no vemos la realidad. Es que
algunos todavía creemos y trabajamos para que el futuro sea más humano, más
justo y compartido.
Y lo seguiremos haciendo para que la esperanza no sea solo un recuerdo, sino la base de de la felicidad del Pueblo y de la grandeza de la Nación.














